Cómo surgió el Cementerio Central de Bogotá

Cuando en Bogotá los muertos tuvieron una nueva morada

Historia de la aparición del Cementerio Central de Bogotá

 

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Acostumbrados ya a que los muertos en Bogotá sean enterrados o cremados en campos santos, ubicados la mayoría en las afueras de la ciudad (como Jardines de Paz, en el norte, o El Apogeo, en la Autopista Sur), es curioso pensar que hubo tiempos en que lo normal era sepultar a los occisos en bóvedas, e incluso bajo el suelo, de los templos católicos que –muchos hoy aún en pie– existían en la anteriormente llamada Santa Fe.

El mismo deslumbre, más un acongojante afán espiritual, hubieran sentido los habitantes de aquella incipiente ciudad si vieran que con el paso de los siglos el destino final de los cadáveres se halla en los que ellos llamaban cementerios ‘ventilados’. De los cuales, el primero del que se tenga registro en Santa Fe, fue uno que se ubicó en 1555 frente a la primera iglesia construida sobre la plaza central (hoy Plaza de Bolívar), templo que permaneció temporalmente en pie –en un predio aledaño a la actual Catedral Primada– mientras esta terminaba de construirse. De este cementerio solo se sabe que medía treinta pies, desde la entrada de aquella desaparecida iglesia hacia la plaza.

En 1781, dos siglos después de la anterior curiosidad, volvió a plantearse el proyecto de dar morada final al aire libre a los despojos de los fallecidos en la ciudad, pues este año la Corona española, por disposición del Rey Carlos III, ordenó que tanto en los poblados de la península ibérica, como en las colonias, se construyeran cementerios a las afueras de los crecientes conglomerados, determinación que ni siquiera en la propia Madrid tuvo efecto rápido. A ambos lados del océano, la inveterada práctica de dar destino final a los muertos en los templos, por prestigio social y tabú religioso, era casi invulnerable al cambio.

A nivel local, el primer resultado de dicha disposición fue un cementerio que se construyó desde 1791 –terminado en 1793– en un terreno próximo a lo que hoy es la Estación de la Sabana, campo fúnebre que el virrey José de Ezpeleta encargó diseñar al comandante de artillería de Cartagena Domingo Esquiaqui y García. Este cementerio, denominado ‘De Occidente’, ‘La Pepita’ o ‘De Pobres’ –puesto que allí se sepultaban principalmente a los desprovistos que fallecían en el Hospital San Juan de Dios–, no tuvo la acogida esperada precisamente por su ligadura a lo popular, condición que ahuyentó a las clases sociales más pudientes, de las cuales dependía en parte la adecuación y el mantenimiento del cementerio, que solo sirvió hasta 1887.

La norma y la urgencia sanitaria, entonces, exigían sí o sí que se destinara un terreno para la construcción de un nuevo cementerio, necesidad que en 1822 manifestó el alcalde de Santa Fe de Bogotá, Buenaventura Ahumada Gutiérrez, al Cabildo de la ciudad. Nada pasó. Pero cinco años después, el cura de la Catedral, José Antonio Amaya, recordó la solicitud de Ahumada, y el propio ‘Libertador’ Simón Bolívar, en representación del Gobierno Nacional, se abanderó de la iniciativa y el 15 de octubre de 1827 firmó un Decretó que “prohibía nuevamente el entierro de cadáveres en templos, capillas y bóvedas y ordenaba la construcción de cementerios en las afueras de las poblaciones que aún no contaban con ellos”.

De esta manera, al fin el ‘Cementerio de Bogotá’, como se llamó al que hoy es el Cementerio Central, vio la luz en un terreno aledaño al camino que llevaba al occidente de la Sabana. Mas una cosa es lo ordenado por la ley y otra muy distinta el plano de la práctica. Además de la consuetudinaria aversión de la gente en acoger la norma –como lo evidencia la anécdota de un prestigioso caballero de la ciudad que, tras su muerte, fue velado en San Victorino y su féretro llevado al flamante cementerio, pero tres días después se descubrió que había sido clandestinamente sepultado en una iglesia y que de lo que estaba lleno el ataúd era de tierra–, los insuficientes fondos monetarios también eran un obstáculo en la viabilidad de que el sitio fúnebre funcionara a pleno.

Aunque precario y sin acogida, y con un diseño basado en el proyecto elíptico que Esquiaqui había legado para lo que fue el desaparecido ‘Cementerio de Occidente’, en 1832 el Cementerio Central era una realidad. Sin embargo, faltaba encontrar la manera de, primero, recaudar los fondos necesarios para consolidarlo, y segundo, hacer que la ciudadanía lo utilizara. Objetivos a los que apuntó una solvente medida: cobrar un impuesto por cada entierro realizado en las iglesias. El cual en efecto promovió un alto recaudo y desestímulo el hábito de enterrar en los templos, pero que al principio, ante la pobreza de los avances en las obras de adecuación del Cementerio, fue objeto de críticas por parte de los tributarios.

Finalmente en 1836, gracias a la gestión que en el proyecto llevó a cabo el Gobernador de Bogotá Rufino Cuervo Barreto, quien se enfocó en culminar las paredes limítrofes, disponer más de dos centenares de bóvedas, así como terminar el frontispicio del reconocido terreno fúnebre, el también nombrado ‘Cementerio de Bogotá’ –identificado entre otros ornamentos por la escultura del dios Cronos, de autoría de Colombo Ramelli, que vigila su entrada–, fue decididamente puesto al servicio público de la que ya se perfilaba como la colosal urbe que es hoy.

 

Fuente: Atlas Histórico de Bogotá. 1538-1910. (2004).

Última actualización el Domingo, 26 de Junio de 2011 19:07